El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Pero me he desviado del asunto. Quedamos en que el aguardiente entraba en el penal y sin contratiempo alguno. Bueno; pues ya allí el tasquero se hace cargo de los pellejos que le llevan, abona su precio y pasa a echar sus cuentas. Al hacerlo así, advierte que la mercancía le resulta muy cara, por lo que, para obtener mayores beneficios, le bautiza de nuevo, echándole otra ración de agua, casi mitad y mitad; y de este modo, convenientemente apercibido, aguarda la llegada del cliente. El primer día de fiesta, y a veces entre semana, se presenta aquél: algún recluso que se ha llevado trabajando varios meses como un buey y ahorrando la copeica para poder gastárselo todo en un día de antemano elegido. Durante mucho tiempo el pobre trabajador estuvo soñando con ese día, de noche y en sus felices desvaríos, después del trabajo, y esa idea le ayudó a conllevar los mil sinsabores de la vida del presidio. Hasta que, por fin, apareció por el Oriente la aurora del día bendito; el dinero sigue en su poder; no se lo confiscaron ni robaron, y va a pasar ahora mismo al bolsillo del tasquero. El cual, al principio, le da aguardiente, si a mano viene, puro, es decir, del sólo dos veces bautizado; pero, a medida que va menguando el frasco, todo lo que falta lo suple con agua. Por un vaso de aguardiente se paga allí cinco, seis veces más que en cualquier taberna. Imaginaos cuántos vasos de aguardiente tendrá que echarse al coleto el recluso y cuánto dinero tendrá que gastar para emborracharse. Pero, por la falta de costumbre de beber y por la anterior abstinencia, el preso no tarda en achisparse, y, por lo general, sigue bebiendo hasta que se le acaban los cuartos. Entonces salen a relucir toda clase de objetos: el tasquero es, al mismo tiempo, prestamista. A lo primero, le llevan los objetos de uso particular de adquisición reciente; luego, las prendas ya usadas, y, por último, los objetos de reglamento. Después de habérselo bebido todo, hasta el último harapo, el preso se va a acostar, y al otro día, al despertarse con una insufrible pesadez de cabeza, corre en vano al tabernero, en demanda de un sorbito de aguardiente para quitarse la jaqueca. Apesadumbrado, carga con la desdicha, y aquel mismo día se aplica nuevamente a la faena, y otra vez, durante meses, trabaja sin levantar la cabeza, soñando en el venturoso día de la última juerga, que perdurará eternamente en su memoria, hasta que, poco a poco, empieza a exaltarse y pensar en otro día parecido, todavía muy lejano, pero que también ha de llegar alguna vez.