El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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Irrumpió en la cocina, seguido de aquel vil polaco del violín, que, por lo general, contrataban los borrachos para complemento de su juerga, y se quedó allí plantado, en silencio y mirando insidiosamente a todos los presentes. Todos callaban. Por último, reparando en mí y en mi compañero, nos lanzó una mirada hostil y burlona, sonrió con mucha fatuidad, como satisfecho de sí mismo, y, contoneándose recio, avanzó hasta nuestra mesa.

—Permítame usted que le pregunte —empezó (hablaba ruso)— con qué medios cuenta para permitirse el lujo de tomar aquí té.

Yo no contesté, y cambié una mirada con mi compañero, suponiendo que sería preferible callar y no responderle. A la primera réplica habría montado en cólera.

—¿Es que, por casualidad, tiene usted dinero? —continuó él preguntando—. Conque tenemos dinero, ¿eh? ¿Acaso habrá usted venido al presidio para tomar té? ¿Cómo se las arregla para tomar té? ¡Vamos, hable!…




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