El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor De las autoridades del presidio, sólo se quedaban en la cuadra un inválido, del cual ya antes hice mérito. En cada cuadra había también un decano de los presos, designado, naturalmente, por el mayor, en atención a su buena conducta. Con mucha frecuencia sucedía que los decanos, a su vez, incurrían en alguna falta grave; entonces los azotaban, los destituían en el acto y nombraban otros. En nuestra cuadra, el decano era Akim Akímich, el cual, con asombro mío, no pocas veces les reñía a los presos. Éstos solían contestarle con cuchufletas. El inválido tenía más talento que él, y no se entremetía en cosa alguna, y si, por acaso, le ocurría irse de la lengua con alguno, lo hacía únicamente por el buen ver, por tranquilizar su conciencia. Se sentaba calladito en su hamaca, y se ponía a coserse las botas. Los presos no le hacían el menor caso.