El idiota

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VII

Fue el caso que mientras Michkin contemplaba, arrobado, a Aglaya, quien a la sazón hablaba alegremente con el príncipe N. y Eugenio Pavlovich, en otro rincón el gran señor anglómano interpelaba con animación al alto dignatario. De pronto profirió el nombre de Nicolás Andrievich Pavlitchev, y entonces el príncipe, volviéndose, puso atento el oído. Tratábase de las instituciones nuevas y de las complicaciones que irrogaban a los propietarios rurales. En las palabras del anglómano debía existir algún elemento divertido, porque el alto dignatario parecía muy regocijado con la humorística indignación de su interlocutor. Éste contaba, con voz perezosa, recalcando ligeramente las palabras, que, a causa de la creciente legislación, se había visto obligado, aun sin tener precisión de dinero, a vender a mitad de precio un magnífico dominio que poseía en el Gobierno de… y a la vez a conservar una finca improductiva, ruinosa y sometida a pleito.

—Para evitar más dificultades —decía— he renunciado a entrar en posesión de los bienes que he heredado de Pavlitchev. ¡Una o dos herencias más, me arruino! Y sin embargo, yo tenía allí tres mil deciatinas de excelente tierra…

Viendo la mucha atención que Michkin prestaba a aquella charla, el general Epanchin se acercó a él.


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