El idiota
El idiota —Hay otra persona ante la que debe usted reconocerse culpable —dijo Michkin, señalando a Varia.
—La enemistad de mi hermana conmigo es definitiva ya. Esté seguro, prÃncipe, de que hablo con fundamento. Aquà nunca se perdona nada sinceramente —replicó Gania con viveza, apartándose de Varia.
—Te engañas —dijo Varia—. SÃ, te perdono.
—¿E irás esta noche a casa de Nastasia Filipovna?
—Iré si me lo exiges, pero yo soy la que te pregunto: ¿No crees absolutamente imposible que la visite en las circunstancias actuales?
—No. Nastasia Filipovna es muy amiga de plantear enigmas. Pero todo ha sido un juego.
Y Gania sonrió con amargura.
—Ya sé que esa mujer no es asà y que todo ello constituye un juego por su parte. Pero ¡qué juego! ¿No ves, además, por quién te toma, Gania? Cierto que ha besado la mano de mamá; admito también que su insolencia fuera ficticia; mas, aparte eso, hermano, se ha burlado de ti. Te aseguro que setenta y cinco mil rublos no compensan semejante cosa. Te hablo asà porque sé que eres aún capaz de sentimientos nobles. Tampoco tú debieras ir. Ten cuidado. Esto no puede terminar bien.
Y Varia, muy agitada, salió precipitadamente de la habitación.