El idiota
El idiota Michkin reflexionó un momento y luego rompió a reÃr.
—SÃ, se habrÃa convertido en ello, sin duda; pero no por mucho tiempo. Más adelante, le hubiera sido imposible conservar semejante sentimiento y me habrÃa perdonado.
—¡Hola! ¡Con usted hay que ser prudente! ¿Quién sabe si no es usted ya enemigo mÃo? A propósito —y rio—, ya olvidaba preguntárselo… Me parece que Nastasia Filipovna le ha gustado mucho. ¿Es cierto?
—SÃ, me gusta.
—¿Está usted enamorado de ella?
—No… no.
—Vaya, se pone usted encarnado y se siente inquieto… No importa, no importa… ¿Ve? Ya no me rÃo. Hasta luego… Escuche: ¿sabe que Nastasia Filipovna es una mujer virtuosa? ¿No le parece increÃble? ¿Se figura que mantiene relaciones Ãntimas con Totsky? ¡Nada de eso! Hace mucho tiempo que no. ¿Y ha notado también que a veces es muy poco dueña de sÃ, y que hoy ha perdido la serenidad en algunos momentos? Eso es indudable. Asà son siempre las personas amigas de dominar a los demás. Ea, adiós…
Gania salió con mucha más animación que habÃa entrado y ya en la plenitud de su buen humor. Michkin permaneció inmóvil y pensativo durante diez minutos.