El idiota
El idiota La extravagante proposición no satisfizo a casi nadie. Unos arrugaban el entrecejo, otros sonreían vagamente. No faltó quien protestara, pero sin energía. Entre éstos se distinguió Ivan Fedorovich, que, si bien enemigo de la idea, no osaba oponerse abiertamente a un deseo de la dueña de la casa. Cuando Nastasia Filipovna expresaba su voluntad era imposible contrariarla, por insensata y perjudicial para ella misma que pudiera ser. A la sazón la joven reía de modo nervioso y convulsivo, estremeciéndose como en un acceso de histeria, en especial cuando Totsky, inquieto, le hacía alguna observación. Los ojos sombríos de Nastasia Filipovna lucían como brasas y en sus mejillas pálidas brillaban dos manchas rojas. Acaso su capricho se exasperase ante las fisonomías contrariadas de los invitados; acaso aquella idea la sedujese por su brutal cinismo. No faltaba quien supusiera que, al aceptarla, la dueña de la casa lo hacía con alguna intención precisa. Todos, en fin, dieron su asentimiento. La verdad era que lo sugerido era curioso y para algunos incluso atractivo. Ferdychenko se distinguía por su entusiasmo.
—Pero si se trata de algo imposible de referir ante señoras… —indicó con timidez el joven silencioso.
—Entonces se cuenta otra cosa —atajó Ferdychenko—. ¿Acaso son maldades las que nos faltan? ¡Bien se ve que tiene usted pocos años!