El idiota
El idiota —PermÃtame preguntarle, señor Ferdychenko —insistió Atanasio Ivanovich, aún más alarmado— si tal ocurrencia puede ser considerada como un petit-jeu. Le aseguro que cosa asà nunca resultará bien. Usted mismo dice que ya en otra ocasión salió mal.
—¿Cómo que salió mal? La otra vez yo mismo confesé cómo habÃa robado tres rublos.
—Bien; pero no es posible que contase tal cosa de forma que le concedieran crédito. Según muy acertadamente ha expuesto hace un instante Gabriel Ardalionovich, la menor apariencia de falsedad basta para convertir el juego en una cosa insÃpida. En el caso que usted cita, la sinceridad no se comprende sino como una broma de mal gusto, que aquà estarÃa totalmente fuera de lugar.
—¡Qué refinado es usted, Atanasio Ivanovich! —exclamó Ferdychenko Además, me sorprende mucho que diga que no pude contar mi robo de modo que fuera considerado verosÃmil. Atanasio Ivanovich quiere dar a entender muy ingeniosamente, que él considera imposible (porque serÃa incorrecto opinar lo contrario) que yo cometa un robo en realidad, y, sin embargo, en su interior está bien convencido de que Ferdychenko ha podido muy bien ser un ladrón. ¡Al asunto, señores, al asunto! Tengo los nombres de todos, Atanasio Ivanovich. También usted ha dado el suyo. Por lo tanto, nadie rehúsa. Saque, prÃncipe.