El idiota
El idiota —Es cierto —declaró Ptitzin doblando la carta y alargándola a Michkin—. En virtud de un testamento de una tÃa suya, testamento no discutido por nadie, va usted a poder entrar sin la menor dificultad en posesión de una gran herencia.
—¡Imposible! —barbotó el general.
La palabra restalló como un pistoletazo.
