El idiota
El idiota —¡Hum! —sonrió Totsky—. ¿Piensa usted que ésta ha sido una cosa análoga? En todo caso, su comparación es ingeniosa. Usted ha visto, querido Ivan Petrovich, que yo he hecho todo lo que he podido. No voy a esforzarme en procurar lo imposible, compréndalo. En esa mujer hay, por otra parte, cualidades raras, aspectos magnÃficos… Antes no he querido hablar en medio de aquel tumulto, pero varias veces se me ha ocurrido decirle, contestando a sus reproches, que ella misma es la justificación de mis actos. Porque, ¿a quién no harÃa olvidar esa mujer la razón… y todo lo demás? Ahà tiene usted a ese aldeano de Rogochin: ¡le ha llevado cien mil rublos! Admitamos que todo lo de esta noche haya sido efÃmero, novelesco, incorrecto. Pero no por eso carece de pintoresquismo ni de originalidad. ¡Dios mÃo, cuántas cosas se hubieran podido hacer de un carácter asÃ, unido a semejante belleza! Pero a pesar de todos los esfuerzos, a pesar incluso de la educación, esas excelentes dotes no aprovecharán a nadie. Ya lo he dicho más de una vez: esa mujer es un diamante en bruto…
Y Atanasio Ivanovich exhaló un profundo suspiro.