El idiota

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I

Dos días después de la extraña aventura ocurrida en la reunión de Nastasia Filipovna y con la que concluyó la primera parte de nuestro relato, el príncipe Michkin se encaminó a Moscú para recibir su inesperada fortuna. Se rumoreó por aquel entonces que pudieron existir ciertos motivos para que apresurara su viaje, pero no tenemos suficientes informes sobre este extremo, ni en general sobre la vida del príncipe durante los seis meses que estuvo ausente de San Petersburgo. Incluso quienes por un motivo u otro no eran indiferentes a su suerte, pasaron mucho tiempo sin saber nada de él. Cierto que a los oídos de algunas personas llegaron diversos rumores, pero todos raros y casi siempre contradictorios. En ningún sitio interesaba el príncipe más que en casa de Epanchin, de cuya familia no se había despedido al marchar. El general Epanchin sí le vio, desde luego, dos o tres veces, y hasta mantuvo con él algunas conversaciones serias, pero no habló de ello a su familia. Al principio, es decir, durante el primer mes de la marcha de Michkin, pareció cosa convenida entre las Epanchinas el no mencionarle. Lisaveta Prokofievna fue la única que faltó a esta regla en los primeros días para declarar que «se había engañado terriblemente con el príncipe». Dos o tres días después, añadió, si bien en términos genéricos y sin mencionar a nadie, que «el rasgo más peculiar de su vida había sido equivocarse siempre respecto a la gente». Y por fin, diez días después, a continuación de una disputa con sus hijas, sentenció: «¡Basta de equivocaciones! ¡No volveré a cometer ni una más!».


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