El idiota
El idiota Michkin, mientras hablaba, habÃa vuelto a coger el cuchillo con un movimiento maquinal y de nuevo Rogochin se habÃa apresurado a arrebatárselo de las manos y ponerlo en la mesa. Aquel cuchillo no ofrecÃa nada de extraordinario. TenÃa un mango de cuerno y su longitud alcanzaba poco más de dieciséis centÃmetros, con una anchura en proporción.
Viendo que la persistencia en quitar el arma de las manos de su amigo habÃa atraÃdo la atención de Michkin, Rogochin, excitado y nervioso, guardó el cuchillo entre dos de las páginas del libro y puso éste en otra mesa.
—Lo empleas para cortar las páginas, ¿verdad? —preguntó Michkin, que no lograba sacudirse el peso de una preocupación obsesionante.
—SÃ; para cortar las páginas…
—¿Es un cuchillo de jardinero?
—SÃ. ¿No se pueden cortar las páginas de un libro con un cuchillo de jardinero?
—Pero está… está nuevo del todo.
—¿Qué importa? ¿No tengo derecho a comprar un cuchillo nuevo? —replicó Rogochin, en un acceso de ira.
Su irritación crecÃa a cada palabra del visitante.