El idiota
El idiota —Ya lo sé. Cuando ha querido usted irse, he pensado de repente: «A todas estas personas reunidas aquà no volverás a verlas jamás, jamás… Es también la última vez que ves los árboles. Desde ahora no tendrás ante tu vista, más allá de tu ventana, sino una pared de ladrillos encarnados: la casa Meyer. Diles, pues, todo esto… Ahà hay una linda joven; tú en cambio eres un muerto. Preséntate como tal, háblales como y de todo lo que un cadáver les podrÃa hablar, y no habrá quien pueda encontrar incorrecta semejante cosa». ¡Ja, ja! ¿Se rÃen? —añadió paseando en torno suyo una mirada inquieta—. Les aseguro que en mis noches, con la cabeza en la almohada, han acudido a mà muchas ideas. Y he adquirido la convicción de que la naturaleza es muy irónica. Antes decÃan ustedes que yo era un ateo; pero ¿no saben ustedes que esta naturaleza…? ¿Por qué se rÃen otra vez? ¿Cómo son tan crueles? —añadió dirigiendo a sus oyentes una mirada de melancólico reproche. Y con acento grave, convencido, muy distinto al anterior, acabó—: ¡Yo no he pervertido a Kolia!
—¡Cálmate! —dijo la generala, dolorosamente emocionada—. Nadie se burla de ti. Mañana te visitará otro doctor. El primero se ha equivocado. Pero siéntate; no puedes tenerte en pie. Estás delirando. ¿Qué harÃamos por él? —exclamó angustiada, haciéndole sentarse en un sillón.