El idiota
El idiota —¿Dices que está loca? —interrumpió Rogochin—. Entonces, ¿por qué todos la juzgan normal y sólo tú la miras como una alienada? ¿Y sus escritos? De estar loca, se notarÃa en sus cartas.
—¿Qué cartas? —preguntó Michkin, anheloso.
—Las que escribe a Aglaya Ivanovna. ¿No lo sabÃas? Pues ya lo averiguarás: te las enseñará ella misma.
—¡Es imposible! —exclamó el prÃncipe.
—¡Vamos, León Nicolaievich! Ya veo que sólo estás empezando a recorrer tu sendero. Pero cuando te adentres más acabarás teniendo vigilantes a sueldo, pasarás en vela noche y dÃa, espiarás cuanto suceda en torno a la que quieres y…
—¡No me hables más de eso! —interrumpió vivamente Michkin—. Escucha, Parfen: poco antes de tu llegada, yo paseaba solo y de pronto me puse a reÃr. ¿De qué? No lo sé; sólo he recordado que mañana es mi cumpleaños precisamente. Y ahora es casi medianoche. Ven a mi casa para esperar, juntos, la llegada del dÃa. Tengo vino: beberemos y tú desearás para mà lo que yo no sé desear personalmente. Yo, en cambio, haré votos por tu dicha. Si no quieres, devuélveme mi cruz. ¡No me la enviaste al dÃa siguiente de aquello! ¿La llevas aún sobre ti?
—Sà —respondió Rogochin.