El idiota
El idiota »La persona en cuyas manos caiga mi explicación y tenga la paciencia de leerla hasta el fin me considerará un loco, o acaso un colegial; pero lo más probable es que me vea como un condenado a muerte quien, naturalmente, juzga que todos los hombres, excepto él, no aprecian la vida en lo que vale, dilapidándola sin darse cuenta de su valor, gozando de ella premiosamente y, por lo tanto, mostrándose indignos de ella. Pero yo declaro que mi lector se equivoca y que mi situación de condenado a muerte no influye para nada en mi convicción. Preguntad a los hombres únicamente esto: en qué hacen consistir su felicidad; todos ellos, desde el primero al último. Tened la certeza de que si Colón se sintió feliz alguna vez no fue después de descubrir América, sino cuando estaba luchando para descubrirla; estad seguros de que su ventura alcanzó el punto culminante probablemente tres días antes de descubrir el Nuevo Mundo, cuando los marineros, sublevados, querían, en su desesperación, virar de bordo y regresar a Europa. ¿Qué importaba el Nuevo Mundo? Colón no lo había visto apenas cuando murió y en el fondo ignoraba lo que había descubierto. ¡Lo importante es la vida, sólo la vida! ¿Qué vale un descubrimiento cualquiera en comparación al descubrimiento eterno y siempre renovado de la vida? Mas ¿a qué vienen estas frases? Temo que cuanto yo diga aquí tenga tales características de lugar común que se me considere como un colegial incipiente esforzándose en componer un ejercicio sobre el «nacimiento del sol». O acaso se diga que he tratado de expresar alguna cosa, sin conseguir «explicarme» a pesar de todo mi deseo. Pero debo observar que en todo pensamiento genial, nuevo, o meramente serio, que brota de un cerebro humano, hay siempre algún elemento que no se puede comunicar a los demás. Ya se pueden escribir volúmenes completos y dar vueltas a la idea durante treinta y cinco años, que, aun así, siempre quedará en ella algo que, pese a todos los esfuerzos, no querrá salir jamás de la mente y allí permanecerá en definitiva. Probablemente moriréis sin haber transmitido a nadie el mejor de vuestros conceptos. Y si también yo soy incapaz ahora de manifestar cuanto me ha atormentado durante esos seis meses, se comprenderá, por lo menos, a través de mis palabras, que acaso he pagado muy cara la «convicción definitiva» a que he llegado en este momento. Eso es lo que, en virtud de ciertas razones propias, he querido poner en claro en esta «explicación». Continúo.