El idiota
El idiota —¿Tiene usted frÃo? —preguntó, acompañando su frase con un encogimiento de hombros.
—Mucho —contestó en seguida su vecino—. Y eso que no estamos más que en tiempo de deshielo. ¿Qué serÃa si helase? No creà que hiciese tanto frÃo en nuestra tierra. No estoy acostumbrado a este clima.
—Viene usted del extranjero, ¿verdad?
—SÃ, de Suiza.
—¡FÃÃÃ! —silbó el hombre de la cabellera negra, riendo.
Se entabló la conversación. El joven rubio respondÃa con naturalidad asombrosa a todas las preguntas de su interlocutor, sin parecer reparar en la inoportunidad e impertinencia de algunas. AsÃ, hÃzole saber que durante mucho tiempo, más de cuatro años, habÃa residido fuera de Rusia. HabÃanle enviado al extranjero por hallarse enfermo de una singular dolencia nerviosa caracterizada por temblores y convulsiones: algo semejante a la epilepsia o al baile de San Vito. El hombre de cabellos negros sonrió varias veces mientras le escuchaba y rio sobre todo cuando, preguntándole: —¿Y qué? ¿Le han curado?—, su compañero de viaje repuso:
—No, no me han curado.
—¡Claro! Le habrán hecho gastar una buena suma de dinero en balde… ¡Y nosotros, necios, tenemos fe en esa gente! —dijo, acremente, el hombre del sobretodo de piel de cordero.
