El idiota
El idiota —Claro, claro —murmuraba el prÃncipe, anonadado—. Sus memorias serÃan… muy interesantes.
El general no hacÃa sino repetir lo que contara la vÃspera a Lebediev, y sus palabras fluÃan por sà solas; pero en aquel instante volvió a dirigir a su interlocutor una mirada suspicaz.
—¿Mis memorias? —repuso con más dignidad aún—. ¿Escribir mis memorias? Nunca me ha tentado tal cosa, prÃncipe. En realidad, ya están escritas, pero no han salido de mis gavetas. No me opongo a que se publiquen cuando yo esté enterrado. Y entonces sin duda serán traducidas a varias lenguas, no por su mérito literario, sino por los grandes sucesos que relatan y de los que fui testigo presencial. Cierto que yo entonces no era más que un niño, pero merced a ello pude penetrar en la intimidad del gran hombre, e incluso en su alcoba. Por las noches yo escuchaba los gemidos del «Titán angustiado», ya que él no tenÃa motivos para ocultar sus ansiedades y sus lágrimas a un niño. Lo que más le desolaba era el silencio del emperador Alejandro.
—SÃ… Napoleón le escribÃa… proponiendo negociaciones de paz —balbució Michkin.