El idiota
El idiota En tanto, la agitación de la generala crecía visiblemente. Pese a la opinión de su esposa e hijas, quiso mandar llamar a Aglaya y hacerle una última pregunta, para obtener de ella una respuesta clara y perentoria «a fin de concluir aquel asunto de una vez y no ocuparse en él jamás. De otro modo —concluyó—, me consumiría viva». Sólo entonces su familia se dio cuenta de las proporciones absurdas que había adquirido el incidente. Aglaya fingió sorpresa, se indignó, rióse, pero, aparte de burlas acerca de Michkin y de cuanto le preguntaba, incomodada, se tendió en su lecho y sólo lo dejó a la hora del té, en que era presumible que Michkin apareciese. La generala esperaba temblando aquel momento y poco le faltó para sufrir un ataque de nervios cuando vio aparecer al príncipe. En cuanto a éste, entró con timidez, casi a tientas. Miró a todos los presentes plegando los labios en una extraña sonrisa, y pareciendo preguntarles, cuál era el motivo de que Aglaya no se hallara en la habitación, circunstancia que le parecía asaz alarmante. Aquel día no estaban en casa más que los miembros de la familia. El príncipe Ch. se hallaba en San Petersburgo, donde tenía que resolver ciertos asuntos concernientes al difunto tío de Radomsky. «¡Lástima que no esté! Nos orientaría en algo», pensó Lisaveta Prokofievna. Ivan Fedorovich parecía muy preocupado. Alejandra y Adelaida estaban serias y parecían deliberadamente silenciosas. La generala no sabía de qué hablar. De repente inició un ataque a fondo contra los ferrocarriles y miró a Michkin, desafiadora. Pero la ausencia de Aglaya anonadaba al príncipe, hacíale perder la cabeza. Inició, con voz insegura, una frase acerca de la utilidad de los ferrocarriles, y viendo que Adelaida rompía a reír se turbó aún más. En aquel instante apareció Aglaya, tranquila y grave. Después de devolver ceremoniosamente al visitante el saludo que éste le dedicó, fue a sentarse con talante solemne en el lugar más ostensible de los que había en torno a la mesa. A continuación fijó en Michkin una mirada inquisitiva y le preguntó con voz firme y casi irritada: