El Jugador
El Jugador —¡No, no comprendo! —exclamé dando un tremendo puñetazo en la mesa, que hizo acudir al mozo, asustado—. DÃgame, Mr. Astley—añadà con exaltación—, si usted conocÃa toda esta historia y sabÃa quién era esa señorita Blanche, ¿por qué no me advirtió de ello, o al mismo general, en último caso, y, sobre todo, a miss Paulina, la cual ha aparecido en público en el casino, dando el brazo a mademoiselle Blanche? ¿Es eso admisible?
No tenÃa para qué prevenirle, pues usted no hubiera podido hacer nada —replicó, flemáticamente, Mr. Astley—. ¿Prevenirle de qué? El general sabe, tal vez, mucho más que yo sobre la señorita Blanche y sin embargo se pasea con ella y con miss Paulina. El general… es un pobre hombre. Vi ayer a la señorita Blanche que galopaba en un hermoso caballo al lado de Des Grieux y ese principillo ruso. El general los seguÃa sobre un alazán. Por la mañana se habÃa lamentado de que le dolÃan las piernas, y no obstante, a caballo, sabÃa mantenerse bien. En aquel momento tuve la idea de que era hombre irremisiblemente perdido. En fin, eso no me afecta, y hace muy poco tiempo que conozco a la señorita Paulina. Por otra parte —terminó bruscamente Mr. Astley—, ya le dije a usted que no puedo admitir su derecho a hacerme ciertas preguntas, a pesar del afecto que por usted siento.