El Jugador
El Jugador “He aquí, pues, a la que esperaban ver muerta y enterrada y después de haberles dejado una herencia —pensé en seguida—; pero es ella quien nos enterrará a todos y a toda la gente del hotel ¡Dios mío! Pues es capaz de revolver el hotel de arriba abajo. “
—Bueno, amigo mío, ¿por qué me miras con los ojos tan abiertos?—me apostrofaba a gritos la abuela—. ¿No sabes saludar y dar los buenos días? ¿Es el orgullo lo que te detiene? ¿No me has reconocido? Mira, Potapytch —y se dirigía a un viejecito vestido de frac y corbata blanca, con una calva rosada, su mayordomo, que la acompañaba en el viaje—. Mira. ¡No me conoce! ¡Ya me han enterrado! Recibíamos telegramas: “¿Se ha muerto o no?” ¡Sí, sí, lo sé todo! Pues bien, ya lo ves; aún estoy vivita.
—Por favor, Antonina Vassilievna, ¿por qué tengo yo que desearla ningún mal? —repliqué alegremente cuando me hube serenado—. Me ha sorprendido y es muy natural… ¡Su llegada es tan inesperada!…
—¿Qué hay en ello de extraño? Me he sentado en un vagón y, ¡adelante, marchen! Se va muy bien, no hay sacudidas, a fe mía. ¿Vienes de paseo?
—Sí, he dado una pequeña vuelta hasta el casino. Está aquí cerca.