El Jugador
El Jugador
La abuela estaba impaciente y nerviosa; saltaba a la vista que su obsesión era la ruleta. A ninguna otra cosa atendía, y en general estaba sumamente ensimismada. No preguntó por nada, durante el camino, como por la mañana. Viendo un coche lujosísimo que pasaba ante nosotros como un torbellino, inquirió: “¿Qué coche es ése? ¿De quiénes?”, pero creo que no oyó siquiera mi contestación. A pesar de su impaciencia, no salía de su ensimismamiento. Cuando le enseñé de lejos, al aproximarnos al casino, al barón y a la baronesa de Wurmenheim, les lanzó una mirada distraída y un “¡ Ah!” de indiferencia.
Luego, volviéndose hacia Potapytch y Marta, que venían detrás, les dijo: —Pero bueno, ¿vosotros por qué me seguís? No os voy a llevar siempre conmigo. Volved al hotel… Me basta contigo —añadió, dirigiéndose a mí, cuando aquéllos, después de un saludo tímido y embarazoso, se alejaron.
