El Jugador

El Jugador

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Una rápida mirada me permitió ver a una dama de unos treinta años, vestida modestamente pero con corrección, y cuyo rostro fatigado, de una palidez enfermiza, ofrecía aún restos de una prodigiosa belleza. En aquel momento atiborraba mis bolsillos de billetes y recogía el oro de encima de la mesa. Al recoger el último rollo de cincuenta federicos conseguí ponerlo, sin que nadie lo viera, en manos de la dama pálida.

Sus dedos delicados me estrecharon fuertemente la mano en señal de vivo agradecimiento. Todo eso pasó en el espacio de un segundo.

Después de haber recogido todo, me dirigí rápidamente al trente et quarante.

El treinta y cuarenta es frecuentado por el público aristocrático. Aquí la banca responde de cien mil talers a la vez. La postura máxima es de cuatro mil florines. No tenía idea alguna del juego ni conocía casi ninguna postura, aparte del rouge y del noir. A ellos me dediqué.

Todo el casino se reunió en torno mío. No sé si pensé una sola vez en Paulina durante aquella noche.

Experimentaba entonces una voluptuosidad irresistible en recoger los billetes de banco, cuyo montón aumentaba ante mí.


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