El Jugador
El Jugador
Me miró —lo recuerdo— de un modo extraño, pero sin moverse, ni cambiar de actitud.
—¡He ganado doscientos mil francos! —exclamé, sacando del bolsillo el último cartucho de oro.
Un montón de billetes y de oro llenaba la mesa. No podÃa apartarla vista de él; habÃa momentos en que olvidaba por completo a Paulina. PonÃa en orden los billetes y hacÃa paquetes, reunÃa el oro, luego lo dejaba allà todo y me ponÃa a pasear por la habitación, pensativo, para volver a la mesa y comenzar otra vez a contar el dinero. De pronto, saliendo de mi ensueño, me precipité hacia la puerta y la cerré con llave. Finalmente me detuve, perplejo, ante mi pequeña maleta. Vacilaba.
—¿Es preciso poner todo esto en la maleta hasta mañana? —pregunté, volviéndome hacia Paulina, dándome cuenta, de pronto, de su presencia.
Ella continuaba sentada, inmóvil, pero observándome con atención. TenÃa una expresión extraña, una expresión que me era desagradable. No me equivoco si digo que en su mirada se reflejaba el odio.
Me dirigà presuroso hacia ella.
—Paulina, he aquà veinticinco mil florines… esto suma cincuenta mil francos, tal vez más. Tómelos y mañana mismo se los tira usted a la cara.
No contestó.
