El Jugador
El Jugador
¿Qué diré de mi estancia en ParÃs? Fue, sin duda, un verdadero delirio, el colmo de la extravagancia.
Pasé en aquella ciudad poco más de tres semanas, al final de las cuales no quedaba nada de mis cien mil francos.
Digo solamente cien mil, pues di la otra mitad a la señorita Blanche, en dinero contante y sonante; cincuenta mil francos en Francfort, y, tres dÃas más tarde, en ParÃs, un cheque por la misma suma, que hizo efectivo al cabo de una semana.
—Et les cent mille francs qui nous restent, tu les mangeras avec moi, mon outchitel. Me llamaba asà siempre. No creo que exista otro espÃritu más interesado, más ávido, más codicioso que el de la señorita Blanche en ninguna criatura humana. Pero esto con respecto a su dinero. En lo tocante a aquellos cien mil francos, me explicó sin ambages que los necesitaba para instalarse en ParÃs.
—Puesto que ahora vivo en una situación decorosa, no quiero perderla; ya he tomado mis medidas para ello —añadió.
Por lo demás, yo apenas vi esos cien mil francos. El dinero estuvo siempre en sus manos, y en mi monedero, que inspeccionaba todos los dÃas, no habÃa nunca más de cien francos, y, la mayorÃa del tiempo, menos.
