El Jugador
El Jugador En una palabra, un “gentleman†no debe considerar el juego más que como un pasatiempo organizado con el único objeto de divertirle. No debe ni siquiera sospechar las trampas y los cálculos sobre los que está fundada la banca. ObrarÃa muy delicadamente suponiendo que todos los demás jugadores, todas las gentes que le rodean y tiemblan por un florÃn, se componen de ricos caballeros, que, como él mismo, juegan únicamente para distraerse y divertirse.
Esta ignorancia completa de la realidad, esta credulidad inocente, serÃan, sin duda alguna, sumamente aristocráticas. He visto a algunas madres hacer avanzar a sus hijos, graciosas e inocentes criaturas de quince a dieciséis años, y entregarles algunas monedas de oro explicándoles las reglas del juego. La ingenua jovencita ganaba o perdÃa y se retiraba encantada, con la sonrisa en los labios.
Nuestro general se aproximó a la mesa con majestuoso aplomo. Un criado se apresuró a acercarle una silla, pero él ni se dio cuenta siquiera. Con una lentitud extrema sacó su monedero, retiró de él trescientos francos, los puso al color negro y ganó. No retiró la ganancia. El negro salió de nuevo. Dejó todavÃa su postura y cuando a la tercera vez fue el rojo el que salió, perdió mil doscientos francos de un golpe.
Se retiró impasible y sonriente.