El Jugador
El Jugador
Paulina parecÃa sumida en un profundo ensueño. Sin embargo, inmediatamente después de la comida me ordenó que la acompañase al paseo. Nos llevamos a los niños y fuimos al parque, hacia al lado del surtidor.
Como me hallaba muy excitado, pregunté tontamente, de pronto: —¿Por qué nuestro marqués ya no la acompaña cuando usted sale? ¿Porqué pasa dÃas enteros sin dirigirle la palabra?
—Porque es un malvado —me respondió ella en tono extraño.
No la habÃa oÃdo nunca tratar asà a Des Grieux y guardé silencio, temiendo comprender el motivo de aquella irritación.
—¿Se ha fijado usted en que hoy ha estado en desacuerdo con el general?
—Usted quiere enterarse de qué se trata —replicó ella, de mal humor—. Usted no ignora que el general está a su merced: toda la finca está hipotecada, y si la abuela no se muere, el francés entrará inmediatamente en posesión de la casa.
—¡Ah! ¿Entonces es, efectivamente, cierto que todo está hipotecado? Lo habÃa oÃdo decir, pero no estaba muy seguro.
—¡Es bien cierto!
