El Jugador
El Jugador
En el paseo, como aquà lo llaman, es decir, en la avenida de castaños, encontré al inglés.
—¡Oh, oh! —exclamó al verme—. Yo iba a su casa y usted a la mÃa. ¿Ha dejado ya a los suyos?
—DÃgame, ante todo, ¿cómo es posible que esté usted al corriente? —le pregunté asombrado—. ¿Todo el mundo se ocupa, pues, de eso?
—¡Oh, oh, no todos! Por otra parte, tampoco vale la pena que se sepa. Nadie habla ya de ello.
—Entonces, ¿por quién lo sabe usted?
—Lo sé, es decir, tuve ocasión de enterarme casualmente. ¿Pero adónde irá usted al marcharse de aqu� Le tengo afecto, y por eso iba a buscarle.
—Es usted un hombre excelente, Mr. Astley —le dije (yo estaba estupefacto: ¿quién se lo habrÃa dicho?) —Como no he tomado todavÃa café y usted seguramente lo habrá tomado de prisa, vamos al casino. Mientras fumamos un cigarro le contaré el asunto y usted me explicará también…
El café se hallaba a cien pasos. Nos sentamos a una mesa, nos sirvieron, encendà un cigarrillo. Mr. Astley no imitó mi ejemplo. Con los ojos fijos en mà se disponÃa a escucharme.
—Yo no me voy a ningún lado; me quedaré aquà —empecé.
