Los demonios

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II

Erkel era uno de esos botarates a quienes les falla únicamente el raciocinio principal en la cabeza, donde no manda nadie; en cambio, raciocinio menor, subalterno, tenía en abundancia, y llegaba incluso a la astucia. Fanática, infantilmente entregado a la «causa común» —en esencia, a Piotr Verjovenski—, actuaba de acuerdo con las instrucciones que había recibido cuando en la sesión de los nuestros se definieron y asignaron los papeles para el día siguiente. Piotr Stepánovich, al señalarle el papel de mensajero, había tenido ocasión de hablar con él en privado unos diez minutos. Las tareas ejecutivas eran una necesidad para este individuo de naturaleza mezquina y atolondrada, perpetuamente ansiosa de someterse a la voluntad ajena —oh, naturalmente, siempre en beneficio de una causa «común» o «elevada»—. Pero eso tampoco habría importado demasiado, porque los pequeños fanáticos como Erkel no son capaces de entender el servicio a una idea si no es confundiéndola con la persona que, a su juicio, la encarna. El sentimental, cariñoso y amable Erkel era quizá el más insensible de los asesinos que se disponían a actuar contra Shátov, y podía asistir al crimen sin pestañear ni experimentar el menor odio personal. Le habían ordenado, por ejemplo, que, cuando fuera a cumplir su cometido, se fijara bien, entre otras cosas, en las condiciones en que vivía Shátov; y, cuando a éste, al recibirlo en la escalera, se le escapó en su acaloramiento —seguramente sin darse ni cuenta— que había vuelto su mujer, Erkel tuvo enseguida suficiente astucia instintiva para no mostrar la menor curiosidad, a pesar de que le vino a la cabeza la sospecha de que el regreso de su mujer tendría una gran importancia para el éxito de la empresa…


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