Los demonios
Los demonios —Se lo prohÃbo, nada de llamar a una comadrona; basta con una aldeana, con una vieja; tengo ocho grivny en el monedero… Las aldeanas dan a luz sin comadronas… Y, si estiro la pata, tanto mejor…
—Habrá una comadrona, y además una vieja. Pero ¿cómo voy a dejarte sola, Marie?
No obstante, pensando que era preferible dejarla sola en ese momento, a pesar de toda su excitación, que privarla más tarde de ayuda, Shátov, sin hacer caso de sus gemidos y sus gritos frenéticos, confiando en sus piernas, se lanzó escaleras abajo como un condenado.
Lo primero, ir a ver a KirÃllov. Era cerca de la una de la noche. KirÃllov estaba parado en medio de la habitación.
—¡KirÃllov, mi mujer va a dar a luz!
—¿Cómo es eso?
—¡Va a tener un niño!
—¿No… no estará equivocado?
—¡Oh, no, no, tiene ya contracciones!… Necesita una comadrona, alguna señora mayor, y enseguida… ¿Podré encontrar una ahora? En su casa siempre habÃa muchas viejas…
—¡Es una pena que yo no sepa dar a luz! —contestó KirÃllov, pensativo—. Quiero decir, no que no sepa dar yo a luz, sino que no sé cómo hay que hacer para ayudar a dar a luz… o… Vaya, no sé cómo decirlo…
