Los demonios

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IV

Aclararé que Arina Prójorovna no sabía nada de las resoluciones adoptadas en la sesión de la víspera. Virguinski, que había vuelto a casa perplejo, y además debilitado, no se había atrevido a comunicarle la decisión tomada; de todos modos, no pudo contenerse y le contó lo ocurrido a medias; es decir, le contó que Verjovenski les había hablado de la inminente intención de Shátov de denunciarlos, si bien se apresuró a añadir que él no acababa de creerse la noticia. Arina Prójorovna se alarmó terriblemente. Por esta razón, cuando Shátov se presentó a buscarla, a pesar de estar muerta de cansancio por haberse pasado toda la noche anterior asistiendo a una parturienta, decidió ir sin pensárselo dos veces. Siempre había tenido el convencimiento de que «un miserable como Shátov era capaz de las mayores bajezas cívicas», pero la llegada de Maria Ignátievna le daba al asunto una nueva perspectiva. El temor de Shátov, el tono desesperado de su ruego, sus peticiones de ayuda, señalaban un giro en los sentimientos del traidor: un hombre que había decidido incluso traicionarse a sí mismo con tal de perder a otros debería, en su opinión, tener un aspecto y un tono distintos a los que efectivamente ahora se le veían. En definitiva, Arina Prójorovna decidió ir a comprobar todo aquello en persona, con sus propios ojos. Virguinski se quedó muy satisfecho con su decisión, ¡era como si se hubiese quitado un peso enorme de encima! Llegó a concebir una esperanza: el aspecto de Shátov le parecía de todo punto irreconciliable con la suposición de Verjovenski…


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