Los demonios
Los demonios Para otras cosas habÃa que recurrir a KirÃllov. Cuando Shátov ya se disponÃa a bajar, ella empezó enseguida a llamarlo frenéticamente y solo se calmó cuando Shátov, regresando a toda prisa de la escalera, le explicó que apenas estarÃa fuera un minuto, para hacerse con lo más necesario, y que volverÃa enseguida.
—Caray, señora, sà que es usted difÃcil de complacer —Arina Prójorovna se rió—; tan pronto lo pone usted de cara a la pared y le dice que no se atreva a mirarla como al momento siguiente se echa usted a llorar si se aleja un minuto. No sé lo que va a pensar él. Vamos, vamos, no sea tonta, no se enfade, solo es una broma.
—Él no tiene por qué pensar nada.
—Bah, bah, bah, si no estuviera enamorado de usted como un carnero, no habrÃa ido corriendo por las calles con la lengua fuera, alborotando a todos los perros de la ciudad. Me ha roto el marco de la ventana.
Shátov encontró a KirÃllov paseando de un lado a otro de su cuarto; estaba tan distraÃdo que hasta se habÃa olvidado de la llegada de su mujer: le escuchó sin entender.
