Los demonios

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Capítulo VII. La última peregrinación de Stepán Trofímovich

I

Estoy seguro de que Stepán Trofímovich se asustó enormemente al sentir que el plazo de su disparatada empresa se acercaba. Estoy seguro de que sufrió mucho por todo el miedo que había pasado, especialmente la noche anterior, aquella horrible noche. Nastasia recordaría después que su señor se había ido ya tarde a la cama y que había dormido. Pero eso no demuestra nada: dicen que los condenados a muerte duermen a pierna suelta la víspera de la ejecución. Aunque salió de casa al amanecer, cuando un hombre nervioso se siente con mayores bríos (aquel comandante, pariente de Virguinski, dejaba incluso de creer en Dios en cuanto la noche llegaba a su fin), estoy seguro de que nunca habría sido capaz, sin horrorizarse, de imaginarse solo en la carretera y en semejante estado. Como es natural, alguna clase de desesperación en sus pensamientos debió de atenuar al principio, muy probablemente, toda la intensidad de aquella aterradora sensación de repentina soledad en la que se vería de pronto, nada más dejar a Stasie y alejarse del sitio donde había pasado veinte años caliente. Pero es igual: por mucho que hubiera sido plenamente consciente de todos los horrores que le esperaban, ¡habría salido igualmente a la carretera y habría echado a andar! Era también una cuestión de orgullo, un orgullo que le seducía, a pesar de todos los pesares. ¡Ah, siempre habría podido aceptar las espléndidas condiciones de Varvara Petrovna y seguir viviendo de su caridad, «comme un gorrón cualquiera»! Pero no había aceptado la limosna y no había querido quedarse. Y ahora él era el que dejaba a Varvara Petrovna, enarbolaba «el estandarte de la gran idea» y se disponía a morir por él en la carretera. Así es como debía de sentirse; así es como debía de ver su situación.


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