Los demonios

Los demonios

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Apéndice. Con Tijon[417]

I

Nikolái Vsévolodovich no pegó ojo en toda la noche; se la pasó entera sentado en el diván, dirigiendo a menudo la mirada inquieta a un punto en el rincón, al lado de la cómoda. Toda la noche tuvo la luz encendida. A eso de las siete de la mañana se quedó dormido y, cuando Alekséi Yegórovich, según costumbre inveterada, entró en el cuarto a las nueve y media en punto para traerle el café y lo despertó con su presencia, pareció sorprenderse desagradablemente de haber dormido tanto y de que fuese ya tan tarde. Se bebió el café de un trago, se vistió a toda prisa y salió de casa a la carrera, sin responder siquiera a la cautelosa pregunta de Alekséi Yegórovich sobre si disponía mandarle alguna cosa. Iba por la calle mirando al suelo, hondamente ensimismado, aunque de vez en cuando alzaba la vista y levantaba la cabeza, como asaltado por un indefinido pero violento desasosiego. En una bocacalle, cerca aún de su casa, se cruzó con una cuadrilla de campesinos, unos cincuenta o más; caminaban en orden, casi en silencio, con andar pausado. Tuvo que pararse un momento a la altura de un puesto callejero y oyó decir a alguien que eran «los obreros de los Shpigulin», pero apenas reparó en ellos. Al fin, a eso de las diez y media, llegó a la verja del monasterio del Salvador y San Eutimio en Bogorodsk, en las afueras de la ciudad, en la orilla del río. Solo entonces pareció recordar de improviso algo preocupante y molesto; se paró en seco, hurgó nervioso en el bolsillo en busca de algo… y se sonrió. Después de entrar en el recinto, le preguntó al primer novicio que vio dónde podía encontrar al obispo Tijon, que vivía retirado en el monasterio. El novicio, con una reverencia, le indicó que lo siguiera. Cerca ya del pequeño porche que había al final del alargado edificio de dos plantas, fue arrebatado al novicio, con autoritaria impaciencia, por un monje gordo de pelo cano que lo condujo por un largo y estrecho pasillo, dedicándole también continuas reverencias —si bien, a causa de su gordura no podía inclinarse demasiado, limitándose a dar frecuentes y abruptos cabezazos— y rogándole a cada paso que lo siguiera, cosa que Nikolái Vsévolodovich ya hacía sin necesidad de exhortaciones. El monje lo atosigó a preguntas y le habló del padre archimandrita, pero, al no obtener respuesta, fue adoptando una actitud cada vez más respetuosa. Stavroguin observó que parecían conocerlo en aquel lugar, a pesar de que, hasta donde alcanzaban sus recuerdos, no había estado allí más que de niño. Cuando llegaron a la puerta que había al final del pasillo, el monje la abrió, como si estuviera autorizado a hacerlo, y preguntó con familiaridad a un hermano lego, que apareció al instante, si se podía pasar; acto seguido, sin aguardar contestación, abrió la puerta de par en par y, con otra reverencia, invitó a entrar al «querido» visitante. Una vez gratificado, desapareció en un santiamén, como si estuviera huyendo de alguien. Nikolái Vsévolodovich accedió a una pequeña estancia y, casi al mismo tiempo, asomó a la puerta del cuarto contiguo un hombre alto y delgado, de unos cincuenta y cinco años, ataviado con una sencilla sotana, con aspecto de estar bastante enfermo, con una vaga sonrisa y una expresión peculiar, en cierto modo tímida. Así que aquél era el tal Tijon, del que Nikolái Vsévolodovich había oído hablar por primera vez a Shátov, y sobre el que luego había ido recabando cierta información.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker