Los demonios
Los demonios —Lo crea o no —concluyó inesperadamente—, estoy convencido de que no solo está ya al corriente, y con todo lujo de detalles, de nuestra situación, sino que tiene que saber algo más, algo que ni usted ni yo sabemos todavÃa, y que tal vez nunca lleguemos a saber, o que sepamos demasiado tarde, ¡cuando la cosa ya no tenga remedio!…
No dije nada, a pesar de lo mucho que daban a entender aquellas palabras. Después de eso, en los cinco dÃas siguientes no volvimos a mencionar a Liputin; para mà estaba claro que Stepán TrofÃmovich lamentaba profundamente haberse ido de la lengua, haciéndome partÃcipe de sus sospechas.
Una mañana, siete u ocho dÃas después de que Stepán TrofÃmovich hubiera dado su consentimiento a la propuesta matrimonial, a eso de las once, cuando me dirigÃa a toda prisa, como de costumbre, a casa de mi afligido amigo, tuve un incidente por el camino.
