Los demonios
Los demonios Pero esta vez, para mi sorpresa, lo encontré muy alterado. Es verdad que corrió ansiosamente a mi encuentro en cuanto entré, y que se dispuso a escucharme, pero con un aire tan distraído que al principio era evidente que no estaba comprendidendo mis palabras. Pero, en cuanto pronuncié el nombre de Karmazínov, se puso hecho una furia.
—¡No me hable de él! ¡Ni me lo mencione! —exclamó casi con rabia—. ¡Aquí, aquí, mire! ¡Lea, lea!
Abrió un cajón y arrojó sobre la mesa tres pedacitos de papel, escritos a lápiz, deprisa y corriendo, los tres de Varvara Petrovna. La primera nota era de hacía dos días, la segunda de la víspera y la última había llegado ese mismo día, hacía solo una hora; el contenido era trivial, todas las notas hacían referencia a Karmazínov, y delataban la vana y pretenciosa inquietud de Varvara Petrovna, que manifestaba su temor a que Karmazínov se olvidara de hacerle una visita. He aquí la primera, la de hacía dos días (seguro que había otra de hacía tres, y puede que otra más de hacía cuatro):
Si al final se dignase visitarle hoy mismo a usted, le ruego que no le diga una sola palabra de mí. Ni la menor alusión. No le hable de mí, no me mencione.
V. S.
