Los demonios
Los demonios —¿Cómo? ¿Qué es lo que ha dicho?… ¡Ah, diablos! —exclamó KirÃllov, atónito, y de pronto se echó a reÃr con una risa clara y alegre. En un instante su rostro adoptó una expresión infantil que, a mi parecer, le sentaba muy bien.
Liputin se frotó las manos, entusiasmado con las certeras palabras de Stepán TrofÃmovich. Y yo seguà preguntándome por qué se habrÃa asustado Stepán TrofÃmovich de ese modo con Liputin y por qué habÃa gritado que estaba perdido al oÃrlo entrar.
Estábamos todos en el umbral de la puerta. Era el momento en que anfitrión e invitados intercambian deprisa y corriendo sus últimas y más cordiales palabras, antes de separarse alegremente.
—La razón por la que está hoy de tan mal humor —apuntó Liputin justo cuando salÃa de la estancia, sin darle mayor importancia— es que hace un rato ha tenido una discusión con el capitán Lebiadkin, a propósito de su hermana. Todos los dÃas, por la mañana y por la tarde, el capitán Lebiadkin azota a su bella hermana, la loca, con una auténtica nagaika[96] cosaca. Total que, para mantenerse al margen, Alekséi NÃlych ha tenido que instalarse en un pabellón separado, en la misma casa. Bueno, hasta la vista.
