Los demonios

Los demonios

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—¿Cómo? ¿Qué es lo que ha dicho?… ¡Ah, diablos! —exclamó Kiríllov, atónito, y de pronto se echó a reír con una risa clara y alegre. En un instante su rostro adoptó una expresión infantil que, a mi parecer, le sentaba muy bien.

Liputin se frotó las manos, entusiasmado con las certeras palabras de Stepán Trofímovich. Y yo seguí preguntándome por qué se habría asustado Stepán Trofímovich de ese modo con Liputin y por qué había gritado que estaba perdido al oírlo entrar.

V

Estábamos todos en el umbral de la puerta. Era el momento en que anfitrión e invitados intercambian deprisa y corriendo sus últimas y más cordiales palabras, antes de separarse alegremente.

—La razón por la que está hoy de tan mal humor —apuntó Liputin justo cuando salía de la estancia, sin darle mayor importancia— es que hace un rato ha tenido una discusión con el capitán Lebiadkin, a propósito de su hermana. Todos los días, por la mañana y por la tarde, el capitán Lebiadkin azota a su bella hermana, la loca, con una auténtica nagaika[96] cosaca. Total que, para mantenerse al margen, Alekséi Nílych ha tenido que instalarse en un pabellón separado, en la misma casa. Bueno, hasta la vista.


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