Los demonios
Los demonios Salió corriendo de la habitación.
—Pero ¿qué hace? ¡Voy con usted! —gritó Liputin, desconcertado; se levantó a toda prisa y salió detrás de Alekséi Nílych.
Stepán Trofímovich se quedó un momento pensativo, me miró como sin verme, cogió el sombrero y el bastón y salió en silencio. Yo fui detrás de él, igual que antes. Al salir a la calle, cayendo en la cuenta de que iba a su lado, dijo:
—Ah, sí, usted puede servir de testigo… de l’accident. Vous m’accompagnerez, n’est-ce pas?[98]
—Stepán Trofímovich, no me diga que va otra vez para allá. ¿Ha pensado en lo que puede resultar de todo esto?
Con una sonrisa triste y distraída, una sonrisa de vergüenza y de desesperación absoluta, a la vez que de una especie de extraño éxtasis, me susurró, deteniéndose un instante:
—¡No puedo casarme para encubrir «pecados ajenos»!
Estas palabras eran exactamente lo que estaba esperando. Después de toda una semana de evasivas y remilgos, estas palabras fatales, que me había estado ocultando, salían a relucir. Me puse hecho una auténtica furia:
