Los demonios
Los demonios No encontré a Shátov en casa; volví a las dos horas, pero tampoco estaba. Por fin, pasadas ya las siete, me dirigí a su casa para hablar con él o dejarle una nota si no estaba; tampoco di con él esta vez. La vivienda estaba cerrada, y Shátov vivía solo, sin servicio. Se me ocurrió llamar abajo, en casa del capitán Lebiadkin, para preguntar por él, pero también estaba cerrado, no se oía nada, no había una luz encendida, parecía desierto. Pasé por delante de la puerta de Lebiadkin con curiosidad, influido por las historias que había oído ese mismo día. Finalmente, decidí acercarme a la mañana siguiente temprano. La verdad es que tampoco confiaba demasiado en lo de dejar una nota; Shátov podía no hacerle ni caso, era tan testarudo y tan tímido. Cuando salía a la calle, maldiciendo mi mala suerte, me tropecé de repente con el señor Kiríllov; entraba en la casa y me reconoció él a mí primero. Como empezó a hacerme preguntas, le conté todo a grandes rasgos, y le dije que quería dejar una nota.
—Vamos —me dijo—, yo me encargo de todo.
