Los demonios
Los demonios —¿Con usted? Esta mañana estaba usted sentado tan tranquilo y… bueno, qué más da… se parece usted mucho a mi hermano, mucho, muchÃsimo —dijo ruborizándose—; lleva muerto siete años[112]; era mayor, mucho, mucho.
—Debió de ejercer una gran influencia en su forma de pensar.
—No, no; hablaba muy poco; no decÃa nada. Ya me ocupo yo de dar su nota.
Me acompañó con un farol hasta el portal, para cerrar después con llave. «Sin duda, está mal de la cabeza», me dije. En el portal tuvo lugar un nuevo encuentro.
Apenas habÃa traspasado el elevado umbral de la cancela cuando de pronto una mano poderosa me agarró del pecho.
—¿Quién va? —tronó una voz—. ¿Amigo o enemigo? ¡Confiesa!
—¡Es uno de los nuestros, de los nuestros! —se oyó a su lado la vocecilla chillona de Liputin—. Es el señor G…v, joven con una educación clásica y con contactos entre lo más granado de la sociedad.
—Me gusta, si tiene contactos; clá-si… o sea, que está muy bien e-du-ca-do… Ignat Lebiadkin, capitán retirado, al servicio del mundo y de sus amigos… si son leales, si son leales, ¡sinvergüenzas!
