Los demonios
Los demonios Shátov no puso ningún obstáculo y, según le señalaba en mi nota, se presentó a mediodía en casa de Lizaveta Nikoláievna. Llegamos prácticamente al mismo tiempo: yo también fui a hacer mi primera visita. Todos ellos, esto es, Liza, su madre y Mavriki Nikoláievich, estaban en el salón discutiendo. La madre le había pedido a Liza que le tocara determinado vals al piano y, cuando la joven empezó a interpretarlo, le dio por decir que no se trataba de ese vals. Mavriki Nikoláievich, con su simplicidad habitual, tomó partido por Liza y dijo que aquél era el vals en cuestión; la señora rompió a llorar, enrabietada. Estaba enferma y apenas podía andar. Tenía las piernas hinchadas, y llevaba unos días que no paraba de ponerse exigente y meterse con todo el mundo, a pesar de que Liza siempre le había inspirado cierto temor. Se alegraron de nuestra llegada. Liza se ruborizó, contenta, y, tras decirme: «Merci», evidentemente por haber dado con Shátov, se acercó hasta él, mirándolo con curiosidad.
Shátov estaba parado, cohibido, en la puerta. Tras agradecerle su presencia, Liza lo condujo hasta su madre.
—Éste es el señor Shátov, del que ya le he hablado, y éste el señor G…v, gran amigo mío y de Stepán Trofímovich. Mavriki Nikoláievich ya tuvo ocasión de conocerlo ayer.
