Los demonios
Los demonios Era, sin duda, un hombre «extraño», pero había en todo aquello demasiados puntos oscuros. Allí había gato encerrado. Yo, sencillamente, no me creía lo de esa publicación; luego estaba aquella carta estúpida, pero en la que se ofrecía, sin ningún disimulo, cierta información, aportando «documentos», cosa que todos habían pasado por alto, prefiriendo hablar de algo bien distinto; por último, la cuestión de la imprenta y la marcha repentina de Shátov, a raíz, justamente, de que se hubiera tocado el tema de la imprenta. Todo eso me llevó a pensar que algo tenía que haber ocurrido antes de mi llegada, algo de lo que nada sabía; que, en consecuencia, yo estaba allí de más y que aquello no era asunto mío. De hecho, ya iba siendo hora de marcharme, ya era suficiente para tratarse de mi primera visita. Me acerqué a despedirme de Lizaveta Nikoláievna.
Parecía haberse olvidado de mi presencia en el salón, y seguía en el mismo sitio, junto a la mesa, sumida en sus pensamientos, cabizbaja, mirando fijamente un punto en la alfombra.
—Ah, usted también se va; hasta la vista —murmuró en su acostumbrado tono cordial—. Salude de mi parte a Stepán Trofímovich e insístale en que venga a verme lo antes posible. Mavriki Nikoláievich, Antón Lavréntievich se va. Disculpe a mamá por no poder salir a despedirle…
