Los demonios
Los demonios La puerta de los Lebiadkin estaba cerrada, pero no habían echado la llave, y entramos tranquilamente. Toda la vivienda consistía en dos cuartuchos miserables de cuyas paredes colgaban literalmente tiras de papel mugriento. Durante algunos años había funcionado allí una taberna, hasta que el patrón, Filíppov, se trasladó a una casa nueva. Las restantes habitaciones de lo que había sido la taberna estaban ahora cerradas, y a los Lebiadkin les habían alquilado esas dos. El mobiliario se reducía a unos bancos sencillos y unas mesas de tablas, además de un viejo sillón al que le faltaba un brazo. En la segunda pieza, en un rincón, había una cama con una colcha de percal, donde dormía mademoiselle Lebiádkina, porque el capitán se tendía en el suelo, a menudo sin quitarse la ropa. Por todas partes se veían restos de comida, basura y humedad; en medio del suelo del primer cuarto había un pingajo empapado de agua, y justo al lado, en el mismo charco, un viejo zapato gastado. Era evidente que allí nadie se ocupaba de nada; nadie encendía la estufa ni cocinaba; por no haber, no había ni un samovar, como después me contó Shátov. El capitán había llegado con su hermana como un indigente y, según Liputin, al principio, de hecho, iban pidiendo limosna por las casas; pero Lebiadkin se encontró con un dinero inesperado, se dio a la bebida y perdió la cabeza, de modo que no estaba en condiciones de atender la casa.
