Los demonios

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II

A Praskovia Ivánovna no podía sorprenderla aquella bienvenida. De toda la vida, desde que eran niñas, Varvara Petrovna había tratado a su vieja amiga del pensionado despóticamente y, con el pretexto de la amistad, casi con desprecio. Pero además, en este caso, la situación era excepcional. En los últimos días se había producido una verdadera ruptura entre las dos familias, como ya he mencionado incidentalmente. Las causas de la incipiente ruptura eran todavía un misterio para Varvara Petrovna, y por lo mismo doblemente ofensivas; pero lo peor era que a Praskovia Ivánovna le había dado por adoptar en su presencia una pose altiva, nada común en ella. Lógicamente, Varvara Petrovna estaba dolida, y para colmo habían empezado a llegar a sus oídos unos extraños rumores que, especialmente por su vaguedad, habían contribuido notablemente a su irritación. Varvara Petrovna tenía un carácter recto y orgullosamente franco; era, si se me permite la expresión, una mujer de rompe y rasga. Nada detestaba más que las insinuaciones misteriosas y secretas, y siempre había preferido la guerra abierta. Sea como fuere, aquellas dos señoras llevaban ya cinco días sin verse. La última visita la había hecho Varvara Petrovna, que había salido de casa de la «Drozdija»[144] ofendida y desconcertada. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Praskovia Ivánovna había aparecido con la ingenua convicción de que Varvara Petrovna, por alguna razón, iba a achantarse ante ella; era algo que se apreciaba ya en la propia expresión de su cara. También era evidente que el demonio del orgullo se apoderaba de Varvara Petrovna cada vez que sospechaba mínimamente que la gente, por la razón que fuera, la creía humillada. En cuanto a Praskovia Ivánovna, como les ocurre a menudo a tantas personas débiles, que durante mucho tiempo se dejan humillar sin protestar, destacaba por el notable ardor de sus ataques en cuanto se le presentaba la ocasión. Cierto que, además, en aquellos momentos no se encontraba bien, y la enfermedad la volvía siempre más irritable. Añadiré, por último, que ninguno de quienes estábamos en la sala difícilmente habríamos podido interponernos entre aquellas dos amigas de la infancia en caso de haber estallado una querella entre ellas, pues éramos vistos como gente de la casa, y poco menos que subalternos. En aquel momento caí en la cuenta con cierta alarma. Stepán Trofímovich, que no se había vuelto a sentar desde la llegada de Varvara Petrovna, se derrumbó agotado en la silla al oír los gritos de Praskovia Ivánovna y, desesperado, trató de captar mi mirada. Shátov se volvió bruscamente en su asiento y masculló algo para sus adentros. Me dio la sensación de que estaba deseando levantarse e irse. Liza hizo ademán de ponerse de pie, pero inmediatamente se desplomó otra vez en su asiento, sin prestar excesiva atención a los gritos de su madre, y no por un «afán de llevar la contraria», sino por encontrarse, evidentemente, sometida a una impresión aún más fuerte. Estaba absorta, mirando al vacío, e incluso había dejado de fijarse en Maria Timoféievna con el mismo interés de antes.


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