Los demonios

Los demonios

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V

Me permito hacer una pausa para describir, aunque sea a grandes rasgos, a aquel individuo que se había presentado de improviso.

Era un joven como de veintisiete años, poco más o menos, de una estatura algo por encima de la media, de cabello ralo, rubio y bastante largo, con barba y bigotes desiguales, mal definidos. Vestía con aseo, e incluso a la moda, pero sin elegancia; daba la impresión, a primera vista, de ser algo cargado de espaldas y un tanto desmañado, pero se trataba de una falsa impresión, y era más bien desenvuelto. Parecía algo estrafalario y, sin embargo, todos pudimos comprobar después que sus modales eran de lo más correctos y siempre hablaba con propiedad.

No podía decirse que fuera feo, pero a nadie le resultó agradable su cara. Tenía la cabeza alargada hacia la parte de la nuca y como aplastada por los lados, dándole un aspecto afilado a su rostro. La frente era alta y estrecha, pero sus rasgos faciales eran poco marcados; tenía ojos rasgados, nariz pequeña y estrecha, labios largos y finos. Su expresión, en apariencia, era enfermiza, pero eso no era más que una apariencia. Tenía unas arrugas resecas en las mejillas y en torno a los pómulos, lo que le daba un aspecto como de convaleciente tras una penosa enfermedad. Y, no obstante, gozaba de una salud de hierro, era robusto y en realidad jamás había estado enfermo.


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