Los demonios

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III

Eran las siete de la tarde y Nikolái Vsévolodovich estaba solo en su despacho. En otros tiempos, ésta había sido su habitación favorita: una habitación de techos altos, tapizada de alfombras, con muebles macizos, a la antigua usanza. Estaba sentado en un sofá, en uno de sus extremos, vestido de calle, aunque no daba la impresión de que se dispusiera a salir. En la mesa que tenía delante había una lámpara de pantalla. Los laterales y los rincones de la gran estancia quedaban en sombra. Su mirada parecía abstraída y concentrada, pero no del todo tranquila, y su semblante cansado y algo demacrado. En efecto, tenía un flemón, si bien los rumores relativos a la pérdida de un diente resultaban exagerados. El diente se le había movido un poco, pero se había vuelto a asentar; también había sufrido un corte en la cara interna del labio superior, pero ya estaba cicatrizado. La hinchazón de la mejilla no había remitido en toda la semana por la sencilla razón de que el enfermo se había negado a avisar a un médico para que le sajara el flemón, y había preferido esperar a que la inflamación bajara por sí sola. No solo no quería saber nada de médicos, sino que tampoco dejaba que se le acercara su madre, más que una vez al día, un ratito, y siempre al anochecer, una vez que oscurecía pero aún no habían encendido las luces. Tampoco había querido recibir a Piotr Stepánovich, a pesar de que éste, mientras estuvo en la ciudad, se acercaba dos o tres veces al día a casa de Varvara Petrovna. Así hasta que el lunes, finalmente, después de regresar por la mañana de su escapada de tres días, de recorrer toda la ciudad y de comer en casa de Yulia Mijáilovna, Piotr Stepánovich se presentó ante Varvara Petrovna, que lo aguardaba con impaciencia. Se había levantado la prohibición: Nikolái Vsévolodovich recibía. Varvara Petrovna acompañó en persona al visitante hasta la puerta del despacho; hacía tiempo que deseaba que se produjera esa entrevista y Piotr Stepánovich le había dado su palabra de que se pasaría a verla, una vez concluido el encuentro con Nikolái Vsévolodovich, para contarle cómo había ido todo. Varvara Petrovna llamó tímidamente al cuarto de Nikolái Vsévolodovich y, al no obtener respuesta, se atrevió a entreabrir la puerta un par de vershkí.


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