Los demonios
Los demonios —Le cuento todo esto —gritó hablando muy deprisa—, porque Shátov, por ejemplo, tampoco tenÃa derecho a arriesgar su vida el domingo, cuando le atacó a usted, ¿verdad? Me gustarÃa que se parase a pensar usted en esto.
Y desapareció, sin esperar una respuesta.
Tal vez iba pensando al salir que Nikolái Vsévolodovich, al quedarse solo, empezarÃa a dar puñetazos en la pared, y no hace falta decir que le habrÃa encantado asistir al espectáculo, de haber sido posible. Pero se equivocaba: Nikolái Vsévolodovich estaba tan tranquilo. Se quedó de pie un par de minutos, al lado de la mesa, sin cambiar de postura, aparentemente concentrado en sus reflexiones; pero pronto una sonrisa frÃa y lánguida se dibujó en sus labios. Se sentó pausadamente en el sofá, en el mismo extremo de antes, y cerró los ojos, como si estuviera agotado. El borde de la carta seguÃa asomando por debajo del pisapapeles, pero él ya no se tomó la molestia de taparla.
