Los demonios

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—Le cuento todo esto —gritó hablando muy deprisa—, porque Shátov, por ejemplo, tampoco tenía derecho a arriesgar su vida el domingo, cuando le atacó a usted, ¿verdad? Me gustaría que se parase a pensar usted en esto.

Y desapareció, sin esperar una respuesta.

IV

Tal vez iba pensando al salir que Nikolái Vsévolodovich, al quedarse solo, empezaría a dar puñetazos en la pared, y no hace falta decir que le habría encantado asistir al espectáculo, de haber sido posible. Pero se equivocaba: Nikolái Vsévolodovich estaba tan tranquilo. Se quedó de pie un par de minutos, al lado de la mesa, sin cambiar de postura, aparentemente concentrado en sus reflexiones; pero pronto una sonrisa fría y lánguida se dibujó en sus labios. Se sentó pausadamente en el sofá, en el mismo extremo de antes, y cerró los ojos, como si estuviera agotado. El borde de la carta seguía asomando por debajo del pisapapeles, pero él ya no se tomó la molestia de taparla.




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