Los demonios
Los demonios Allí no había ninguna cerradura echada y todas las puertas estaban abiertas. El zaguán y los dos primeros cuartos estaban a oscuras, pero en el último, donde Kiríllov vivía y tomaba té, brillaba una luz y se oían risas y unos gritos extraños. Nikolái Vsévolodovich avanzó hacia la luz, pero se detuvo en el umbral, sin llegar a entrar en el cuarto. Había té en la mesa. En medio de la habitación, de pie, vio a una vieja, que era pariente del patrón; tenía la cabeza descubierta y solo llevaba puesta una falda y un chaleco de liebre, y unas chinelas en los pies desnudos. Sostenía en brazos a una criatura de año y medio, con una camisita por todo vestido, con las piernas desnudas, las mejillas coloradas y el pelo muy rubio, todo enmarañado; acababan de levantarla de la cuna. Debía de haber estado llorando hasta hacía poco, y algunas lagrimillas todavía asomaban a sus ojos, pero en aquellos momentos alargaba los bracitos, daba palmas y reía como ríen los niños pequeños, entre sollozos. Enfrente del bebé, Kiríllov botaba en el suelo una pelota de goma grande y roja; la pelota rebotaba y subía hasta el techo, volvía a caer, y la criatura gritaba: «¡Peota, peota!». Kiríllov cogía la «peota» y se la daba al bebé, éste la lanzaba con sus torpes bracitos y Kiríllov iba corriendo a recogerla otra vez. Hasta que la «peota» se coló debajo de un armario. «¡Peota, peota!», gritaba la criatura. Kiríllov se echó al suelo y se estiró, tratando de sacar la «peota» de debajo del armario con la mano. Nikolái Vsévolodovich entró en el cuarto; al verlo, la criatura se agarró a la vieja y le entró un berrinche, así que la vieja no tuvo más remedio que llevársela de allí.
