Los demonios

Los demonios

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

IX

Hubo una época en la que corrió por toda la ciudad el rumor de que nuestro círculo era un semillero de librepensamiento, depravación y ateísmo; y el rumor no paraba de extenderse. Sin embargo, lo que reinaba entre nosotros era la ingenua, simpática y alegre palabrería liberal, típicamente rusa. El más «elevado liberalismo» y los más «elevados liberales», es decir, los liberales sin ninguna meta, solo son posibles en Rusia. Stepán Trofímovich, como todo hombre de ingenio, necesitaba tener a alguien dispuesto a escucharlo y, aparte de eso, necesitaba tener la conciencia de que estaba cumpliendo el supremo deber de propagar unas ideas. Y en última instancia tampoco le venía nada mal disponer de alguien con quien beber champán e intercambiar, entre copa y copa, cierta clase de ideas halagüeñas sobre Rusia y el «espíritu ruso», sobre Dios en general y sobre el «Dios ruso» en particular; repetir por centésima vez los mismos chistes picantes rusos que todo el mundo se sabe y que todo el mundo cuenta. No teníamos nada que objetar a los chismes que circulaban por la ciudad, aunque a veces nos llevaban a las más estrictas condenas morales. Caíamos en generalizaciones sobre la humanidad, emitíamos severos juicios sobre el destino futuro de Europa y del género humano; pronosticábamos, en tono dogmático, que Francia después del cesarismo descendería rápidamente a un nivel de Estado de segundo orden y estábamos totalmente convencidos de que eso podía ocurrir muy fácilmente y de manera inmediata. Habíamos predicho, hacía ya tiempo, que al papa le correspondería el papel de mero arzobispo metropolitano en una Italia unida y no albergábamos ninguna duda de que esa cuestión milenaria, en este siglo nuestro de humanitarismo, industria y ferrocarriles, no pasaba de ser un asunto irrelevante. Pero, naturalmente, el «elevado liberalismo ruso» era incapaz de dar otro enfoque a la cuestión. Stepán Trofímovich solía hablar de arte, y muy bien, por cierto, aunque lo hacía en términos demasiado abstractos. En ocasiones evocaba a los amigos de su juventud —todos nombres importantes en la historia del progreso de Rusia—, y los recordaba con emoción y respeto, pero también como con cierta envidia. Si estábamos especialmente aburridos, el judío Liamshin (un modesto empleado de Correos), consumado pianista, se sentaba a tocar y hacía, a modo de interludios, imitaciones de un cerdo, una tormenta, un parto con el primer vagido de un recién nacido y cosas así; era la única razón de que lo invitáramos. Si bebíamos de más —cosa que ocurría, aunque no demasiado a menudo—, nos dejábamos llevar por el entusiasmo, y en cierta ocasión llegamos a cantar a coro La marsellesa, con acompañamiento de Liamshin, aunque no sé qué tal resultó. El gran día del 19 de febrero[31] lo celebramos entusiásticamente y empezamos a brindar en su honor con mucha antelación. Eso fue hace mucho, mucho tiempo. Entonces no estaban aún ni Shátov ni Virguinski, y Stepán Trofímovich todavía vivía bajo el mismo techo que Varvara Petrovna. Ya antes del gran día a Stepán Trofímovich le había dado por runrunear unos versos bastante conocidos, aunque un tanto forzados, compuestos seguramente por algún propietario liberal de la vieja escuela:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker