Los demonios
Los demonios —No sé si sabrá usted —empezó en un tono casi amenazante, inclinándose hacia delante en la silla, con ojos centelleantes y levantando el Ãndice de la mano derecha (sin ser consciente, desde luego, de lo que hacÃa)—, no sé si sabrá cuál es ahora mismo el único pueblo en toda la Tierra «portador de Dios», llamado a regenerar y salvar el mundo en nombre de un nuevo Dios, el único al que se han dado las llaves de la vida y de la nueva palabra… ¿Sabe usted qué pueblo es ése? ¿Sabe cuál es su nombre?
—Por la forma en que lo dice, no tengo más remedio que concluir, y creo que cuanto antes mejor, que ese pueblo es el ruso…
—¡Ya se está riendo! ¡Qué raza pecadora! —estalló Shátov.
—Cálmese, se lo ruego; todo lo contrario, precisamente me esperaba algo por el estilo.
—¿Que se esperaba algo por el estilo? Y ¿no conoce estas palabras?
—Las conozco muy bien; ya veo adónde quiere ir a parar. Todo su discurso, incluida la expresión «pueblo portador de Dios», no es más que la conclusión de la conversación que tuvimos hace más de dos años, en el extranjero, antes de su marcha a América… Al menos, por lo que ahora recuerdo.
