Los demonios
Los demonios La casa a la que llegó Nikolái Vsévolodovich estaba situada en una callejuela desierta, entre cercados, más allá de los cuales se extendÃan los huertos hasta, literalmente, el borde mismo de la ciudad. Era una pequeña casa de madera, completamente aislada, de construcción reciente, a la que le faltaban todavÃa algunas tablas del revestimiento. En una de las ventanas habÃan dejado deliberadamente los postigos sin echar y habÃa una vela en el alféizar, con el propósito evidente de orientar al visitante tardÃo que esperaban aquella noche. Desde unos treinta pasos de distancia, Nikolái Vsévolodovich distinguió en el porche la silueta de un hombre alto, muy probablemente el dueño de la casa, que, presa de la ansiedad, se habÃa asomado a ver si venÃa alguien. Se oyó su voz, impaciente y aparentemente tÃmida:
—¿Es usted, señor? ¿Es usted?
—SÃ, soy yo —respondió Nikolái Vsévolodovich, una vez que llegó al porche y cerró el paraguas.
—¡Por fin! —el capitán Lebiadkin, pues era él, empezó a moverse nervioso, pendiente del visitante—. Permita que me ocupe de su paraguas. Está empapado; aquà lo dejo abierto, en este rincón. Pase, pase, señor, se lo ruego.
La puerta, que desde el zaguán daba acceso a un cuarto alumbrado con dos velas, estaba abierta de par en par.
